Házme Reir

Cada vez son más los que deciden subir al escenario y tomar el micrófono. Monólogos y esquizofrenia citadina que dan cuenta de un fenómeno en ascenso, contando por sus protagonistas.

Hombres y mujeres se congregan en torno a otro subido a un escenario. No hay gran puesta escenográfica o música que acompañe. Está solo y un reflector le sigue los pasos como mira de carabina. De su boca salen frases cortas concatenadas y con rapidez. Luego, el silencio. La espera de una risa unísona afortunada o la vergüenza de la no repercusión. Si los de abajo han logrado captar al de arriba que solo tiene a un micrófono como amigo, el efecto es inmediato: reciprocidad y retroalimentación. Yo digo. Vos reís. Yo te digo porque reís. Y vos reís porque yo te digo. Eso es el stand up.

El público que ha seguido los shows a lo largo de estos años, compuesto principalmente por sectores medios que oscilan entre los veinticinco y cuarenta años, hoy se atreven a dar un paso más: estudiar para subirse también al escenario. Cómicos y profesores que se van afilando con la experiencia, espectáculos que se multiplican de a poco en lugares especiales, como El Paseo La Plaza, uno de los puntos de encuentro. Hoy, el stand up hace fuerza para dejar de ser un género menor dentro de la oferta artística. Intento de ser sagaz e incisivo, sin olvidar lo liberador que puede ser reírse de todo y nada.

Clavar bandera
Se podría decir que Diego Wainstein (40) fue el que le encargó a la cigüeña tener un hijo llamado “Stand Up”. Egresó del Conservatorio Nacional, se recibió de actor y trabajó en TV, publicidad y teatro hasta que un día se dio cuenta qué quería para su vida: “Soy profesor de teatro y paralelamente escribía muchos guiones. Un día dirigiendo una obra, estaba mirando el escenario y me percaté que quería estar arriba con un micrófono haciendo reír a la gente. No me lo olvido más, fue una epifanía. Tenía veintinueve años. Les dije a mis compañeros: “Dejo el teatro. Me voy a dedicar al stand up”. Ni yo sabía lo que era”, narra Diego un poco en mentira, un poco en serio. Porque tenía una meta bien definida. La revelación le había llegado y no podía pasarla por alto.

Empezó a leer, ver videos e informarse. Acá no había donde probar sus ideas, solo varie-tés y fiestas. “Era un código nuevo. Me encontré con otro actor que estaba por el mismo camino, Alejandro Angelini, y empezamos a reunirnos. En España, en 1999, un amigo me mostró videos de la Paramount Comedy de ahí, era stand up con cómicos españoles. Me preguntaron si quería probar. Acepté y me quedé por unos días. Volví y seguí en contacto vía mail.” Luego de haber pisado suelo argentino nuevamente, Wainstein puso definitivamente manos a la obra. Empezó a trabajar con Angelini y Martín Rocco y entre el 2000 y 2002 se presentaron en distintos lugares, dándole vida al género.

“Si los de abajo han logrado captar al de arriba que solo tiene a un micrófono como amigo, el efecto es inmediato: reciprocidad y retroalimentación. Yo digo. Vos reís. Yo te digo porque reís. Y vos reís porque yo te digo. Eso es el stand up.”

La docencia surgió de la necesidad de multiplicar los micrófonos: “Éramos cuatro gatos locos. Con Alejandro pensamos que si queríamos que evolucionara teníamos que enseñar, darles el lugar a otros. Planificamos que pase lo que terminó sucediendo, no fue un accidente. Había que sentar las bases pero sin adueñarnos de las cosas.” Comenzaron siendo seis alumnos por año. Hoy, cinco años más tarde, Wainstein inicia a más de treinta personas por curso y tiene lista de espera.

Para el actor de “La patria que nos parió” (obra que repasa la historia del Bicentenario en clave stand up) el género es efectista. Lo define de manera tan simple como atrayente: “Los mirás a la cara, les proponés un juego. Y solo está bueno si ellos también lo quieren jugar.” Según su visión, el género aún está en pañales pero reconoce el ascenso. En su mente rondan grandes planes y deseos: “Me gustaría que los productores de cine y TV tengan en cuenta los buenos actores jóvenes y los convoquen para sus productos. El stand up está con un cordón sanitario. Hay que abrir las barreras y mezclarse un poco. Cuando eso pase, nuestro humor va a empezar a filtrarse.”

“Es exposición y una búsqueda incesante para encontrar la manera de decir lo que se quiere decir. Ya sea la esquizofrenia de la ciudad, la psicosis de los jóvenes, los embrollos amorosos.”

¡El que sigue!
Mujeres de diferentes edades y profesiones. Una, estudiante de Comunicación Social en la UBA y otra, abogada que ejerce fuera de los reflectores. Ivana Szerman y María Lousteau pertenecen a camadas distintas del mismo profesor: Fernando Sanjiao. La afinidad y el gusto (y disgusto) por tomar el micrófono y esperar la repercusión de sus cortas pero efectivas (al menos tratan que así sean) oraciones, es lo que las unió. Estudiaron en el 2009 y hoy actúan en varios shows under. Los nombres no son casuales y marcan sus caminos: “Mal Parados”, “Cósmicos”.

Ivana conocía el stand up. María no tenía idea de lo que era. Sus amigos les pagaron el curso los primeros meses por si se arrepentían. Hoy, deberían devolver con creces el dinero. Respiran stand up y hablan en clave de chiste sin parar, dando cuenta de varias cosas. Por un lado, reconocen que la tecnología de la mano de Facebook, es la panacea para actores y estudiantes del género. Por otro, advierten el engaño que puede generar el boom del ascenso: chistes yendo a lugares comunes y personas no experimentadas dando clases.

Lo definen sin rodeos. Exposición y una búsqueda incesante para encontrar la manera de decir lo que se quiere decir. Ya sea la esquizofrenia de la ciudad, la psicosis de los jóvenes, los embrollos amorosos. Y María no duda: “El stand up tiene una dinámica contradictoria permanente: es algo híper guionado, que tiene que parecer natural y debe ser contado como si fuera la primera vez. Es individual y colectivo a la vez.”

¿Sus futuros? Están por verse. Para Ivana, la clave para aquellos que quieran seguir actuando es sumar “horas de vuelo”, no dejar de escribir y pensar en todo momento cómo podría incorporarse lo vivido a un chiste. Y remata con: “Hay que administrar los amigos para invitarlos a los shows. La culpa funciona: “Dale, yo fui a ver tu obra de mierda, tenés que venir a la mía” (risas). Ojalá sea trabajo profesional combinado con otras cosas en mi futuro. Hoy pagan $18 por show. Ni alcanza para el taxi.”

“Se habla de conflictos existenciales, cotidianos, religiosos. Se habla de la pareja, del amor, de la muerte. De temas que de vez en cuando, vienen bien para reírse.”

Wainraich: cuando llega el reconocimiento

Todo el mundo sabe quién es. Su persona se ha desdoblado en varios “yo” que conforman un referente. Pasó y pasa, dejando huellas por TV, radio, teatro, producción y libros. Hoy, además de conducir junto a Julieta Pink “Metro y medio” en la Metro, forma parte del elenco de “Cómicos Stand Up 4”, obra que Wainstein sin temor y con convicción titula como “El espectáculo más importante del género”.

Sebastián le hace honor al stand up definiéndolo así: “Dentro de mis trabajos, es el ejercicio más suicida. Lo disfruto, me gusta hacerlo y me entusiasma. Pero todavía antes de salir a escena, a pesar de los años, me asalta la sensación de incertidumbre y nervios, de no saber qué va a pasar. Incluso a veces, arriba del escenario me parece una locura estar haciendo eso delante de quinientas personas. Cuando va bien siento una plenitud que se compara a pocas cosas.”

Respecto a la evolución que ha tenido el género en el país, Wainraich piensa que “todavía no existe un circuito firme ni oficial. Pero ya llegará.” Por su parte,“Cómicos Stand Up 4”, intenta sumar un granito de arena. Sobre su experiencia en la obra reflexiona: “Es difícil determinar cómo es la dinámica con la gente. Damos lo que tenemos y ellos nos contestan con risas y eso no es poco. Entre nosotros reina una anarquía pacífica que nos permite crear, divertirnos, admirarnos y disfrutar haciendo este trabajo. Cada vez nos consolidamos más como equipo y eso se ve cuando compartimos escena los cuatro”.

Avanza en sus respuestas. Intenta entender en voz alta por qué este género se siente en la gente de determinada manera y no de otra. Remata finalmente con un: “¿Quién no se quiere reír? Y este es un género de humor en el que el comediante está cerca de la gente. En lo físico casi siempre, pero en el discurso también. Porque se habla de conflictos existenciales, cotidianos, religiosos. Se habla de la pareja, del amor, de la muerte. De temas que de vez en cuando, vienen bien para reírse.”

FRASES CÉLEBRES

“Es un género que no deja que te relajes, que te propone estar alerta. Para conquistar a la gente no alcanza sólo con ser gracioso, hay que tener un buen material, actitud, verdad, y otras cosas qué no sé cómo se dicen y…otras que todavía estoy buscando.”  dice Sebastián Wainraich.

“Aquel que hace teatro podría pensar: “Bueno, acá se está robando”. No hay escenario, vestuario o puesta. Con re poco, tenés que conseguir un efecto. Son solo vos y el guión. Hay que poner mucho para que parezca que lo que estás diciendo, lo estás diciendo por primera vez.”  dice Ivana Szerman

“La parte más gratificante de estar arriba de un escenario es poder plantear el mundo que pensaste y que la gente coincida con vos. Para mí, el stand up es pura comunicación con humor. Tratar de ser original manteniendo la búsqueda de la verdad, es lo esencial en el género.” dice Diego Wainstein.

“Es increíble ver cómo funciona la cabeza cuando estás arriba del escenario. La tenés dividida en mil compartimentos y todos funcionan a la vez. Y si no funciona sos responsable y es una autoflagelación muy fuerte: tu vida y tu visión están puestos ahí.” dice María Lousteau.

“Hoy vas a ver stand up y sabés que te vas a reír cuatro veces por minuto. Es puro contenido y la forma se repite, pero la gente se apasiona. Hablamos de lo que nos pasa cruzando la calle, que si está rota la vereda y no hay un cartel avisando nos quejamos y si lo ponen, pensamos que nos tratan de boludos.” dice Diego Wainstein.

Nota extraída de: http://www.revistawatt.com.ar/webs/nota/104

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