Cómicos

¡Cómo se extrañan los cómicos en la televisión! Por cuestiones de rentabilidad están siendo sustituidos. Sin embargo, hay que echarle el ojo a los poderes curativos del stand up, un género que comienza a despegar en Uruguay.

En Montevideo están dando cursos de stand up. ¿Stand qué?, se preguntarán ustedes.
Stand up quiere decir “de pie”.

El otro día estuve en un lugar donde se discutía si este género del humor –que hace furor en Estados Unidos- es aplicable en Uruguay, y si estos cursos se realizan sólo para captarle incautos al público que hace tai-chi, crochet o gastronomía etrusca.

En principio no se puede asumir el snobismo como algo malo en sí mismo. ¿Qué tiene de malo hacer un curso para aprender a reírse de uno mismo? ¿Qué tiene de perjudicial armar tus propios textos humorísticos aunque más no sea para amenizar los asados?

Además, la introspección –la materia prima del stand up- es una costumbre muy saludable y seguramente más barata que el psicoanálisis. Supongo que peor será dejar el dinero en una de estas sectas que se exorcizan demonios y venden jabones con efectos especiales de cine clase B.

Sobre si es aplicable o no el monólogo, no tengo dudas: en un país como Uruguay donde el humor es más verbal que físico, el stand up ya es una tradición aunque jamás le hayamos dado ese nombre.

En Estados Unidos lo practicaron desde cómicos border line como Andy Kauffman hasta boxeadores decadentes como Jake La Motta. Vienen de allí casi todos los cómicos que usted ve en el cine actualmente, desde Jack Black hasta Jerry Seinfeld y Ben Stiller.

Lo aplicó a su manera nuestro Roberto Barry y más recientemente Esmoris, Cristian Font y ahora el clan de Océano FM, que lo sacó del under y lo llevó a MovieCenter.

El mecanismo del stand up es el de todos los cuentos, lo extraordinario en un mundo ordinario. El profesor Medina Vidal lo explicaba así: “Caperucita Roja salió al bosque y he ahí la maravilla”.

Eso funciona así para la literatura en general. Pero en el universo del stand up algo debería salir mal en Caperucita para generar el mecanismo de la risa.

“Cuando venía para acá, me encontré con un amigo y…”, solía decir en tono sarcástico el gran Juan Verdaguer en sus shows.

Hacer stand up se trata de eso: una historia contada desde uno mismo. El otro debe adivinar tu sintaxis, tu respiración. Cuando los astros se juntan se produce la risa.

Para eso no hay que ser actor de método, ni intelectual compatriota.

Sólo hace falta una persona dispuesta a escuchar y otra que tenga mucho para decir, en lo posible gracioso.

Y sobre todo hace falta mucha convicción, mucha presencia escénica.

Si querés ser monologuista sólo hay un muro a saltar: estarás parado absolutamente solo de toda soledad, lamiéndote las heridas frente a otros. La frontera con el ridículo es tan leve que da miedo.

No hay efectos especiales, ni tropezones, ni piquetes de ojos. Apenas alguien con sus palabras, su carga vital y su mirada única sobre las cosas de la vida

La ecuación es drama más tiempo igual a humor.

Lo sabían Abott y Costello. Lo sabía Curly Horowitz. Y Alberto Olmedo. Y Cacho Espalter.

Como el humor es glandular sale de las entrañas, de las miserias colectivas e individuales, se nutre de los sufrimientos, de los fracasos, de los abandonos, de los olvidos.

Los textos del cómico son metabolismo puro, y tal vez por eso muchos cómicos no son gente alegre a tiempo completo.

Reírse de uno mismo y de todo es un ejercicio que consume mucha energía.

Pero se trata de reírse en forma horizontal, sin emboscadas ni abusos. Todo lo contrario al modelo Tinelli de victimización del que no sabe, del más débil.

¿Hay humor en la cobertura que la televisión argentina le da al pseudo travesti Zulma Lobato?

¿Es gracioso reírse de una modelo ecuatoriana que ni siquiera sabe quién es Tinelli, qué es Showmatch?

Ser cómico es otra cosa. Es correr el umbral del ridículo, convertir las risas vergonzantes en magnetismo.

No hay que olvidar que detrás de un cómico siempre hay un náufrago del maltrato.

Stand up es un método barato y efectivo de buscar reflexión y risa. Es al menos un intento de devolverle un poco de dignidad al humor

Es cierto: stand up es una moda, así como fue una moda la medicina homeopática.

Al menos hay algo bueno detrás de esta venganza del payaso.

La idea es hacer reír para salir de tonto, así como el torero usa su materia prima –el coraje- para salir de pobre.

Lenny Bruce, un cómico del stand up de los años 70 lo dijo mejor que nadie:

“Ya que se ríen de mí al menos que paguen la entrada”.

¿No es fino?

Por Antonio Álvarez – EL OBSERVADOR – http://www.observa.com.uy/Osecciones/ociudadano/Blog_nota.aspx?id=65138

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